Liga BBVA Bancomer MX

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25 de septiembre de 2012 • 08:02

Javier Alarcón, Sin Liguilla

 

 

No "prende" la Liga después de 9 jornadas, y a 2 meses y medio de conocer al vencedor. Sigo creyendo que no es tan jugosa la recompensa de la Liguilla para los aficionados tras consumir 17 semanas cargadas de especulación y un claro afán sólo por mantenerse entre los aspirantes a 8 lugares para el nuevo torneo.
 
Es algo casi natural y sistematizado: se juega a conservar, a medir fuerzas sin correr demasiados riesgos. Se mira por el retrovisor y suele ser más importante que los que ves atrás no se acerquen, que alcanzar a los que van adelante.
 
Entre el número 3 del torneo, el Monterrey, y el 14, Pachuca, hay sólo 6 puntos, es decir, 2 victorias. Si hoy tuviéramos, como en muchas partes del mundo, un torneo que corona al primero sin fases posteriores, estoy seguro que la intensidad y la calidad con la que hoy expone cada equipo su estilo futbolístico, estarían en un gran nivel.
 
Toluca y Tijuana tienen 4 puntos de ventaja sobre Monterrey, y 6 respecto a Cruz Azul y América, que el sábado no se notaron muy incómodos con el empate al saber que es mejor por ahora no perder contra los rivales que le importan a los aficionados, que arriesgar para mantener el honor y reducir el déficit respecto a los punteros.
 
Por supuesto que esos 2, Pumas y Chivas, hubieran asumido otras posturas al verse en las posiciones 11 y 13 del torneo respectivamente, y a 9 y 10 puntos de los líderes. Habrían salido a morir desde el principio. Hoy, el nadar de muertito les alarga la agonía y al mismo tiempo les deja con las esperanzas de meterse entre los 8 primeros esperando un resbalón de un mes de los de arriba, y un levantón propio de la misma duración.
 
Lo que quiero decir es que no estoy seguro ya de que la Liguilla nos dé lo que la fase de clasificación nos quita.
 
Los técnicos se cansan de decir, con razón, que es un torneo muy parejo. La prueba está en los sólo 4 puntos de distancia que hay entre 11 equipos, del León con 14 al Pachuca con 10.
 
Si todos jugarán a matar o morir en la fase de clasificación, la aritmética dice que tendríamos más partidos al límite que la cantidad que ofrece la Liguilla, fase en la que últimamente, hay que recordarlo a conciencia, no tenemos la misma recompensa de antaño en emoción y dramatismo.
 
No se llenaron ni el Azul ni el Omnilife con combinaciones "explosivas". El aficionado se ha especializado, a fuerza de costumbre, a saber lo que va a recibir a cambio de lo que paga.
 
Le apuesto que jugando torneo corto a campeón directo, las recompensas de la Liguilla en el plano comercial en todos los ámbitos, se podrían compensar con esa nueva intención que le pondrían los equipos para jugar a ganar y no para solo clasificar. Es hora de probar. ¿No?
 
 
 
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